El jueves y el viernes pasados tuve la oportunidad de impartir una formación docente en educación inclusiva y atención a la diversidad junto al equipo del IES Bernardino de Escalante de Laredo.
«Estoy encantada. Me voy con la sensación de: sí, puedo hacer algo».
Estas fueron algunas de las palabras que escuché al terminar la formación y que se me quedaron grabadas. Qué alegría poder cerrar estos dos días con la sensación de que quienes han participado se sienten capaces de generar cambios y de actuar desde su propio lugar y en su día a día en el aula.
Mirar más allá de la conducta
Más que buscar recetas o respuestas concretas para determinadas situaciones, la propuesta partía de otro lugar: pararnos a mirar cómo miramos.
Desde una perspectiva sistémica, exploramos también los recursos que tenemos a nuestro alrededor para atender las diferentes necesidades del alumnado.
A través de distintas dinámicas y momentos de autorreflexión, fuimos observando nuestra propia postura, nuestros valores y las ideas que llevamos al aula. Hablamos de cómo cada persona aprende de una manera diferente y de que esas diferencias no dependen necesariamente de tener un diagnóstico.

También reflexionamos sobre cómo una misma situación puede adquirir significados muy distintos según desde dónde la observemos.
Una de las preguntas que atravesó buena parte de la formación fue sencilla, pero no siempre fácil:
¿Qué hay detrás de lo que estamos viendo?
Una interrupción, un alumno que no participa, alguien que parece desconectado, que se mueve constantemente o que no sigue una indicación son conductas observables. Pero la conducta, por sí sola, no explica qué está ocurriendo.
Cambiar la pregunta «¿qué le pasa?» por «¿por qué puede estar ocurriendo esto?» abre otras posibilidades. Nos permite buscar necesidades, contexto, emociones, dificultades, diferentes formas de procesar la información o situaciones que quizá no estamos viendo.
La relación también forma parte del aprendizaje

Para aprender necesitamos sentirnos, en mayor o menor medida, seguros, tranquilos, respetados y con confianza.
La relación que construimos con el alumno no sucede al margen del aprendizaje: forma parte del contexto desde el que ese aprendizaje puede producirse.
Por eso me gusta especialmente esta frase:
«Cuando una flor no florece, arreglas el entorno en el que crece, no la flor».
— Alexander Den Heijer
Esto no significa que el entorno sea siempre la explicación de todo. Significa que, cuando algo no está funcionando, también merece la pena preguntarnos qué podemos cambiar, qué podemos adaptar y qué información nos está dando la situación.

La atención a la diversidad es una tarea de equipo
Otro aspecto muy presente durante estos dos días fue precisamente el valor del equipo.
Los profesores ya disponen de muchas experiencias, ideas y recursos. En ocasiones, no se trata tanto de incorporar algo completamente nuevo como de poner en movimiento lo que ya existe, compartirlo, contrastarlo y construir juntos nuevas maneras de actuar en el aula.
La atención a la diversidad tampoco es una tarea individual.
Necesitamos hablar entre nosotros, hacernos preguntas y compartir tanto lo que funciona como aquello que no está dando resultado. También necesitamos escuchar al propio alumno, buscar distintas perspectivas y permitirnos cambiar de posición cuando descubrimos que otra mirada nos ayuda a comprender mejor.
Dos días para reflexionar y abrir nuevas preguntas
Esta experiencia de formación docente en educación inclusiva nos ha permitido compartir herramientas y reflexionar sobre la atención a la diversidad, las necesidades educativas, el entorno y las relaciones dentro del aula.
Ha sido un gusto trabajar con personas tan involucradas, reflexivas, dinámicas y motivadas, y compartir un espacio en el que no solo se han buscado respuestas, sino que también se han abierto nuevas preguntas.